Medios nacionales replican la historia de un asesino serial monterizo

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Crónicas del crimen. Fernández, el vampiro de Tucumán, Titula La Nación

El relato textual se elabora de esta manera…

Durante siete años, entre 1953 y 1960, la policía tucumana recibía a diario denuncias de vecinos de la localidad de Monteros que aseguraban haber visto volar a un vampiro en algún lugar del pueblo. Eran años muy especiales para los tucumanos, que, con la llegada del gas natural, soñaban con expandir la producción de sus ingenios azucareros, hecho que entonces prometía ser el pilar más importante para desarrollar un porvenir venturoso para la provincia.

La política local estaba ocupada debatiendo cómo construir su propio destino, observando pasar la intervención peronista, a cargo de José Humberto Martiarena, y luego la intervención militar, con el coronel Antonio Vieyra Spangenberg.

Pero Monteros estaba ajeno a la efervescencia política y atravesaba su propio debate; uno que exacerbaba sus propios miedos y estaba centrado en una sucesión de casos que le daba cuerpo a una leyenda: la del vampiro asesino. Ese mito iba a tener expectantes por un largo tiempo a las secciones de noticias policiales y sucesos de todos los periódicos del país.

El relato estaba basado en la aparición de un asesino serial: Florencio Roque Fernández, un joven oriundo de Monteros, nacido en 1935 en la periferia más pobre de esa población. Los asesinatos perpetrados por él, su modus operandi y la falta de resolución de un caso que necesitó de la participación de la Policía Federal para ser esclarecido, llevó a un diario tucumano a bautizar al asesino como «el vampiro de la ventana» o «el vampiro de Monteros».

Cronica de un asesino serial monterizo

De niño, Fernández fue diagnosticado con una psicopatía que nunca fue tratada y que, con el correr de los años, se transformó en una severa esquizofrenia. Abandonado por su familia y obligado a vivir solo en la calle, mendigó, rapiñó y durmió a la intemperie, padeciendo el hostigamiento de quienes lo veían como «un loquito suelto».

Un hecho nunca corroborado, pero que circuló entre los investigadores de la época, señala que Fernández vivió a los 15 años un episodio que cambió su vida: fue al cine local a ver la película Drácula, de Tod Browning, un film de culto para el cine de terror estrenado en Nueva York el 12 de febrero de 1931 e interpretado por el mítico actor húngaro Bela Lugosi, que cuatro años antes ya había encarnado, sobre las tablas de los teatros de la avenida Broadway, al sanguinario conde de Transilvania creado por el escritor Bram Stoker.

Algunos artículos, recuperados por autores de libros sobre asesinos seriales, señalan que los psiquiatras que alcanzaron a tratarlo en la cárcel consideraron que Florencio Fernández se mimetizó con el personaje del vampiro, ayudado por una avanzada fobia a la luz solar. Esta fotofobia lo hacía pasar el día en una cueva abierta en una de las caleras que lindaban con el casco urbano de Monteros. Solo salía de noche, cuando, justamente, cometía sus crímenes.

El primero de ellos ocurrió en enero de 1953. Aprovechando que la gente del pueblo dormía con las ventanas abiertas, producto del intenso calor, y luego de haber acechado durante horas a la víctima, Fernández ingresó en la habitación de una mujer joven, la golpeó con un martillo y luego mordió su cuello hasta desgarrarlo y provocar su muerte.

Tenía solo 17 años cuando, como aquel conde Drácula que vio en la pantalla plateada de un cine de pueblo, hincó arteramente sus dientes en una víctima. Monteros, conocido como «La fortaleza del folklore» y como cuna del mítico bandolero Mate Cosido -nacido en ese pueblo a fines del siglo XIX como Segundo David Peralta, y muerto cinco años después de que naciera Fernández, en enero de 1940-, sumaba, entonces, un nuevo nombre propio a su historia: «El vampiro de la ventana«.

Acechador nocturno

Aquella forma de atacar a sus víctimas se repitió un mes después, y luego sucesivamente hasta alcanzar, en siete años, los 15 asesinatos que le fueron atribuidos a Fernández. Una vez que elegía a su víctima, la seguía durante varias noches. La observaba en la oscuridad y, cuando por fin la encontraba sola en su casa, se metía por la ventana, aprovechaba, para eso, los días de calor, en los que era común evitar tener cerrados los ambientes, incluso los que daban a la calle.

Mientras las mujeres dormían, comenzaba a golpearlas hasta dejarlas inermes; luego, les mordía el cuello hasta provocarles desgarros e, incluso, destrozarles la tráquea y la carótida. Así, las dejaba desangrarse hasta la muerte; se sospecha que, incluso, llevaba adelante el acto teatral que le había visto hacer al personaje de Bela Lugosi: bebía la sangre de las víctimas.

Dejaba su impronta, pero no era, en todo caso, un acto lascivo de belleza casi sensual como el del conde ficticio que acometía contra la humanidad de hermosas doncellas para saciarse con su esencia vital.

Aunque en su delirio Fernández creía que, como Vlad Dracul, bebía la sangre de sus víctimas y encontraba en eso una atracción sexual, según teorizarían más tarde los psiquiatras que intentaban interpretar el móvil de los siniestros ataques, lo cierto es que se trataba de mordidas rústicas, aunque de espeluznante resultado.

La propia escena de los crímenes que Fernández iba dejando atrás ponía a la vista de los investigadores y del público los elementos necesarios para dar forma a un caso en el que lo fáctico y lo irreal, los elementos de fábula y las pruebas concretas, se mezclaban y confundían. Muchos creían que, en efecto, un vampiro como aquel de los Cárpatos se escondía en algún lugar de Monteros, localidad situada a unos 50 kilómetros al sudoeste de la populosa San Miguel de Tucumán.

Los peritajes forenses realizados en los cuerpos de las mujeres muertas por el «vampiro» afirmaban que Fernández nunca violó o abusó sexualmente de ellas. Pero igualmente en el imaginario colectivo se hizo fuerte la versión que mostraba al atacante encontrando placer lascivo mientras bebía la sangre de sus víctimas hasta «secarlas». Esa teoría jamás fue comprobada, aunque los investigadores no descartaron que el asesino saboreara ese líquido como si él mismo hubiese salido de las páginas de la novela de Stoker.

Los vecinos de Monteros intuían que estaban frente a un asesino que buscaba «mujeres castas», dado que las víctimas eran jóvenes y solteras. La policía se encargó de aclarar que esa situación era ante todo una coincidencia, consecuencia del hecho de que buscaba mujeres que dormían solas.

El mito del «vampiro» cambió algunas costumbres entre los montaraces. Personas que juraban haber visto volar al «vampiro» tucumano cerca de sus casas comenzaron a dormir con las ventanas cerradas, incluso en los días de calor bochornoso. Muchos vecinos colgaban grandes crucifijos para protegerse de la maligna presencia de aquel ser sobrenatural o le pedían al cura del pueblo agua bendita para rociar las habitaciones y alejar al espectro diabólico. Algunos, más valientes, incluso guardaban en sus domicilios palos con punta para clavárselo en el corazón al desafiante asesino nocturno.

La policía local, que ya no podía ocultar su incapacidad para resolver el caso, trabajó sobre una hipótesis errónea: se convencieron de que debían ir tras una persona que presumían culta, adinerada y con gran capacidad para borrar rastros. Pero estaban equivocados, y no pudieron dar con el asesino.

Llamaron a la Policía Federal para que colaborara en la investigación. Los investigadores porteños trazaron un mapa de acción y concluyeron que todas las víctimas estaban dentro de un radio que tenía como eje central la calera, la misma donde Fernández moraba en una cueva. Así, fijaron puntos de posibles ataques y lo esperaron para sorprenderlo.

La caída

Finalmente, el asesino serial tucumano conocido como «el vampiro de la ventana» fue detenido el 14 de febrero de 1960, dos días después de que se estrenara la cinta que le daría fama mundial y eterna a Bela Lugosi y de la que salieran las escenas que, durante siete años, el propio Fernández encarnó, pero con modelos reales y saña inigualable.

No opuso resistencia al arresto. Al contrario: parecía aliviado tras su detención. Solo gritaba y se ponía violento cuando la policía lo hacía salir a la luz del sol. La fotofobia, sí… pero, también, el punto débil del vampiro que creía ser.

Fernández tenía 25 años. Cayó la noche en la que la policía estaba esperando el 16º ataque mortal. Nunca se supo, ni se sabrá, si efectivamente estaba preparando el ataque ni cuál era la eventual víctima de su acechante espera.

Los oficiales encontraron en la cueva en la que vivía Fernández escenas de una vida casi salvaje. Defecaba en el mismo lugar donde dormía y comía, como un animal. También había restos de alimentos en mal estado.

El juicio de Florencio Roque Fernández también estuvo marcado por signos curiosos que llevaban la imaginación de los protagonistas a épocas pasadas. Hubo, incluso, quienes sugirieron la necesidad de practicarle un exorcismo, ya que lo creían poseído por el demonio.

Las autoridades judiciales pidieron exámenes psiquiátricos y físicos para el reo. De esta forma diagnosticaron su esquizofrenia, que nunca había sido tratada, y descubrieron que su estado de salud era deplorable, producto de haber pasado varios años en la calle, con mala alimentación y en una cueva sin ningún tipo de higiene. Fue declarado inimputable y se decidió internarlo en un psiquiátrico de San Miguel de Tucumán, donde murió en 1968.

Alrededor del raid criminal de Florencio Fernández se construyó un singular mito argentino que perduró por muchos años y emparentó la crueldad de un asesino serial con la superstición, establecida en este caso, en la deidad demoníaca de los vampiros.Por: Daniel Santa Cruz

Tambien el conocido relator Ronnie Arias menciono el caso:

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Fuente: La Nacion

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